Machismo: Un modelo que nació marchito

25 de noviembre – Día Internacional contra la Violencia de Género.

Aún es pronto para saber cuánto tiempo tendrá que pasar para que la sociedad latinoamericana reaccione y dé un giro radical, de raíz, frente al silencio y la indiferencia engendrados por una nefasta educación, la gran aliada de la violencia machista. Tendremos que ser obstinados y persistentes para desarmar el retorcido y hereditario sistema de creencias y valores que nos gobierna.

Desde pequeños, los varones latinoamericanos fuimos educados, dentro y fuera de las aulas, para dar órdenes y no recibirlas (hablo de Latinoamérica porque fue donde nací y crecí hasta los 20 años). Entretanto, las niñas ya tenían diseñado su destino: “hijas de”, “señoras de”, “madres de” y “abuelas de”. Y así es, en mayor o menor medida, en el campo y en la ciudad.

Las niñas son princesitas y los niños soldaditos. Ella rosa y él azul. Si las niñas juegan a la pelota son “machonas” y si los niños juegan a cocinar son maricones. Las adolescentes que pretenden a un chico sin esperar ser pretendidas son “regaladas”. Los adolescentes, sin embargo, un ejemplo: hijos de su padre. Sí, aún hoy, en la era del WhatsApp, que es como decir Qué pasa, suceden cosas de este tipo. Hablemos, pues, de lo que pasa.

Pasa que los hombres legislan, por abrumadora mayoría. Pasa que ellos se “rompen el lomo” trabajando y eso les impide manejarse con diligencia en las tareas domésticas. Son torpes barriendo, pasando el mocho y haciendo las camas. Ellas –como las patatas queman- trabajan fuera de casa y siguen la tradición puertas adentro, porque han nacido con ese don. Eso pasa.

En las reuniones sociales urbanas, ellos hablan de sus cosas: coches, política y fútbol. Ellas de las suyas: rebajas, peluquería y recetas. Los tiempos de las cuentas del rosario de las abuelas han quedado atrás. Ahora, la mujer moderna, trabaja (dentro y fuera de casa) y hace dieta, siempre dieta, montones de dietas. Así lo dictamina la sociedad del espectáculo y la publicidad, el libro sagrado de nuestros días.

Si cambiamos de ámbito, podemos observar cómo en el campo latinoamericano los mandamientos se reproducen, a su manera. Ellos suelen ir a caballo y ellas a pie. Ellos tienen el privilegio de sentarse en las sillas, ellas en el suelo. Frente a la disyuntiva, el niño es quien sigue la enseñanza secundaria y ella quien permanece ayudando en casa. Qué más da, si siempre ha sido así. ¿Verdad?

Al parecer, los españoles conquistadores y los varones indígenas no tuvieron discrepancias en este plano. Así lo cuenta Petrona Chub, descendiente de mayas, desde Guatemala. Petrona no dudó en largarse de la casa cuando primero fue insultada y luego golpeada. Esa mujer, que debió rebuscarse la vida con tres hijos, hoy lidera una pequeña gran revolución en su comunidad. Las autoridades, mayas o cristianas, ni mú.

En este voraz modelo consumista, obsesivo y competitivo, debemos encontrar un momento de sosiego, apelar a esa “rareza” llamada razón y acompañarla de la acción. El poder transformador de la palabra es sorprendente. Seamos conscientes y aprovechemos ese lujo (la palabra) contra la violencia machista.

Ése es el gran paso que nos debemos los seres humanos; pensemos en nuestros gestos y en nuestras formas de actuar antes de enviar el próximo WhatsApp.

—- Texto: Gabriel Díaz Imagen: Juan Díaz – Global Humanitaria