“Envejecemos porque dejamos de jugar”

Por Cristina Serrat, periodista y narradora de cuentos

¿Cuál es el papel del juego en el desarrollo físico y psicológico de los niños? ¿Cómo afecta en los adultos la ausencia de lo lúdico en la vida cotidiana? Éstas fueron algunas de las preguntas que le hicimos a nuestra firma invitada, Cristina Serrat, periodista y narradora de cuentos.

El juego cumple una función simbólica y es la primera actividad que aporta un aprendizaje en el niño sobre sí mismo y su entorno, es la herramienta a través de la cual se realiza su desarrollo cognitivo y emocional. Por una parte, el juego desarrolla los sentidos y enriquece la imaginación y la creatividad. Además, es una de las bases del desarrollo de la autoestima, dado que en la propia actividad del juego se refleja y se va configurando la percepción que niños y niñas tienen de sí mismos, de los otros y del mundo que los rodea. Por medio del juego, los niños empiezan a comprender cómo funcionan las cosas, desarrollan habilidades físicas y cognitivas y, por otro lado, también elaboran parte de sus miedos, sus fantasías y sus deseos.

Por otro lado, la agresividad forma parte del ser humano y  es necesario que los niños puedan canalizar sus impulsos de enfado y malestar, también a través del juego. Pero no es lo mismo que un niño o niña tome un palo e imagine que es una espada de pirata, que tenga a su disposición uno de los miles de videojuegos en los que el principal objetivo es eliminar al contrario. Eso no quiere decir que al comprar un juguete de estas características el niño vaya a convertirse en violento, pero cuando adquirimos un juguete bélico, estamos proponiendo al niño o niña una manera de vida determinada y una forma de solucionar los conflictos, que va más allá de la agresividad y que se mueve a través de la competitividad, la violencia y también el sexismo y el racismo.

Los juegos cooperativos, en cambio, están pensados para favorecer la participación colectiva a través de la solidaridad, la colaboración y la imaginación. Este tipo de juegos contribuyen a adquirir habilidad y destrezas que poco tienen que ver con la visión compulsiva de ser el mejor o de divertirse pisando a los demás. Los juegos cooperativos necesitan a todos sus participantes para lograr el objetivo del juego, nadie queda excluido, y así todas las personas pueden proponer soluciones creativas a la situación que plantea el juego. Por supuesto, esto facilita la comunicación y la resolución de conflictos de manera dialogada.

George Bernard Shaw decía que “No dejamos de jugar porque envejecemos; envejecemos porque dejamos de jugar” y eso es así. Hasta hace poco tiempo se consideraba que el juego estaba circunscrito al periodo de la infancia y que no tenía espacio en una vida adulta. Si los adultos recuperáramos el espíritu de jugar, en muchas ocasiones, mejoraríamos nuestra calidad de vida. De hecho, el juego se utiliza mucho en terapia de adultos, por ejemplo, para trabajar la confianza, la autoestima y, por supuesto, la resolución de conflictos.