Machismo en Guatemala: Romper esquemas y valores medievales

Por Gladys Paz, directora de Global Humanitaria en Guatemala.

Hoy por hoy la mujer guatemalteca continúa sometida al silencio, la sumisión, la inequidad y el patriarcado. En 9 de cada 10 familias se oculta la violencia contra la mujer.

Los patrones culturales favorecen esta dolorosa realidad en una sociedad machista por su doble componente maya e hispánico y cuya primera manifestación cómplice es el silencio. 9 de cada 10 guatemaltecas coinciden en señalar la existencia de la violencia contra la mujer, el 70% admite que la ha sufrido o ha sido testigo de cómo su madre la ha padecido a manos de su pareja.

La causa mayoritaria que origina las agresiones es lo suficientemente elocuente: “ella no obedece”. Los valores que regulan las relaciones hogareñas son igualmente significativos. La mujer ideal debe ser mansa, dócil, dulce y sumisa con el hombre. Lo más dramático es que la mitad está de acuerdo con esta creencia secular. Incluso, 4 de cada 10 consideran que el varón es superior a la mujer. Casi el 95% considera que son las encargadas de cuidar a los hijos, cocinar y limpiar el hogar. Esta percepción es mayoritaria en los hogares indígenas.

Estos patrones sólo empiezan a romperse en proporción directa al grado de escolaridad de las mujeres.

El factor económico juega un papel importante en la pervivencia de este sistema. Al hecho de que es el hombre quien aporta al sustento familiar y la mujer se queda en casa manejando el hogar, se suma que cuando un matrimonio se rompe es ella quien se queda con los niños.

Cambiar esta situación pasa por romper patrones de siglos, celosamente vigilados en una sociedad aferrada a valores medievales.

Es necesario que nuestras mujeres sigan aprendiendo a romper con el miedo y la frustración, favorecidos porque el aparato legal no garantiza a las mujeres la protección necesaria tras una denuncia. Quedan, entonces, en una posición muy frágil ante posibles represalias de sus parejas y el rechazo social.

Forjar conjuntamente el desarrollo comunitario desde la cotidianeidad de las personas, hombres y mujeres, implica desafíos y  retos, tiene sus tensiones incluso personales que nos hacen sentir por momentos entre la espada y la pared, porque toca nuestros imaginarios sociales e ideológicos.

Hablar el idioma de las personas con quienes trabajamos es clave para la comunicación e interacción social. Sin embargo, compartir la cotidianeidad es mucho más importante, aunque en apariencia parezca sencillo; porque son espacios que permiten mayor comunicación, conocer y analizar mejor las realidades, y también permiten revisar nuestras formas normalizadas de ver la vida.

Esta convivencia nos ha permitido que a través de los distintos proyectos y acciones que hemos ejecutado en el sur de Petén se vayan rompiendo esquemas en las comunidades; ahora, por ejemplo, la asistencia  de niñas a la escuela es mayor que en  décadas pasadas.

Todavía falta mucho por hacer y muchas metas por alcanzar, se considera que es sumamente necesario y urgente sensibilizar al hombre sobre el derecho que tienen las mujeres, adolescentes y niñas para lograr hacer un cambio de actitudes que terminen en la equidad de género, y desenraizar el machismo que tanto daño causa a la sociedad.


Imagen: Jóvenes del Petén, participantes de la escuela de liderazgo juvenil organizada por Global Humanitaria.