La Educación, un derecho global al que no acceden millones de niños

Por Gabriel Díaz, director de publicaciones de Global Humanitaria

Casi siempre es difícil ponerse en lugar del otro. Lo es en las cuestiones cotidianas, las más simples; entender, comprender, sentir empatía aunque eso no signifique estar de acuerdo.

Un ejemplo: nuestro hijo lo deja todo por la PlayStation, sin que nosotros los hayamos estimulado a permanecer ese largo rato frente a la pantalla. Vemos cómo se concentra y emplea estrategias. Celebra cuando gana la batalla y se frustra cuando la pierde. Entretanto, nosotros soñamos (o no) con que lea El Principito. Seguramente, el tiempo, los límites y los criterios aprendidos en casa y en la escuela, forjarán parte de su personalidad, y él decidirá.

Ahora, demos un salto grande. Imaginémonos frente a un contrato que estamos obligados a firmar sin saber descifrar esa “sopa de letras” que tenemos ante nuestros ojos. Podemos ver pero no leer. O que nos vemos forzados a dejar nuestro pueblo, tomar un autobús, y rellenar un formulario de aduana con la ayuda de otra persona, porque nuestras manos saben labrar pero no escribir. Ya en la ciudad, nos perdemos, desconcertados, entre símbolos extrañísimos.

Eso fue muy común en la Europa de hace algunas décadas y ocurre hoy en América Latina, Asia o África, con los padres de los niños que acuden a las escuelas con las que trabaja Global Humanitaria. Los habitantes de muchas de esas comunidades viven  las consecuencias de cruentas guerras civiles, dictaduras devastadoras o políticas que redujeron el rol del Estado a su mínima expresión, educación incluida. En consecuencia, el analfabetismo ha sido masivo.

Por ese grado de abandono, entender la importancia que la educación tiene para ser jóvenes, mujeres y hombres libres, conscientes de sus derechos y obligaciones, no es tan fácil como puede parecer. Comprender que recibiendo instrucción básica podremos unirnos frente a los abusos sociales, laborales o de cualquier tipo, “no se cae de maduro” para quien no tuvo la oportunidad de recibirla.

Sin embargo, en el transcurso de estos 15 años, con la apertura y el trabajo comunitario, de los gobiernos locales, de nuestros técnicos y de vuestro apoyo, hemos puesto el hombro para dar pasos importantes. Con la entrega de material escolar, la realización de talleres de formación, pasando por la dotación de bibliotecas, la reparación o construcción de escuelas y dotación de mobiliario, hemos intentado darle a los centros escolares el lugar que se merecen.

Sin dudas resta mucho por hacer: 57 millones de niños no tienen acceso a la educación, de acuerdo con el último informe de Educación Para Todos, de la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura.

Vivimos en un mundo injusto y América Latina es la tierra con mayores desigualdades de este planeta. Por eso, además de cooperar para que la educación llegue a todos, hemos compartido el día a día de niños del Perú rural profundo y olvidado, de las niñas indias discriminadas, de los guatemaltecos que hasta hace poco desconocían su propia historia. Ésta ha sido una manera de intentar ponernos en su lugar y de no olvidar, para que la historia no se repita.

Aparentemente hoy existe el consenso global necesario para que todos los niños reciban  educación primaria. ¿Puede resultar incómodo para ciertos intereses que los sometidos de siempre tengan las herramientas para dejar de serlo?  Es muy probable. Pero en buena medida está en nuestras manos hacer que el derecho a la educación, que llevó siglos conquistarlo, sea por fin un hecho.  Así, caminando juntos a pesar de la distancia, las nuevas generaciones podrán cambiar el rumbo de su historia.

Imagen: Un niño lee en el albergue de Picotani, en Perú. (J.Mercado/Global Humanitaria)