Perú crece, pero la injusticia social continúa

Por Antonio Sancho, desde la Selva Central de Perú

“El crecimiento espectacular del Perú no logró reducir uno de los grandes problemas estructurales de la nación: las brechas de inequidad”

Una década prodigiosa  de crecimiento macroeconómico acelerado en el Perú ha sido posible gracias a una triple combinación: políticas económicas amigables con la inversión exterior, vertiginosa demanda asiática de metales y materias primas y  estabilidad política e institucional. Indudablemente todo ello ha provocado transformaciones e impactos de fácil medición: son cada vez más peruanos los que reciben algo (o mucho) más que la remuneración mínima vital, los indicadores de salud han mejorado reduciendo la desnutrición crónica hasta un 15,2 % e incluso el pozo negro de país, la educación pública, empieza desde el 2012 a dar síntomas de una leve mejoría.

Esto no sólo es medible en Lima sino también en las históricamente  relegadas provincias del interior. Por ejemplo en Satipo, una pequeña ciudad de la selva central la desnutrición descendió hasta el 14.6% y la asistencia…pero STOP, todo este optimismo estadístico frena en seco a sólo 40 km. A esa distancia  de Satipo está Potsoteni, una comunidad del pueblo indígena asháninka del río Ene. Lugares como éste enturbian y malogran las eufóricas cifras macroeconómicas. Con un 77.7% de desnutrición crónica y  con sólo un 9% de niños que culminan  su educación básica regular, pareciera que hablamos de otro país.

El crecimiento espectacular del Perú no logró reducir uno de los grandes problemas estructurales de la nación: las brechas de inequidad. El índice Gini del Banco Mundial, que mide la distribución equitativa del ingreso entre hogares, sigue rozando el 50%; por encima de México, Nigeria o Etiopía. Una geografía peruana atravesada no sólo por abismos y barrancos de una belleza sobrecogedora, sino también por grietas de oportunidades y acceso a derechos básicos que terminan creando islas en el territorio, donde la lluvia de bondades y mejoras del crecimiento no empapa a nadie. ¿Cómo es posible este desajuste, estas fronteras interiores que separan el desarrollo del infortunio?

Pareciera que estos lugares “extraviados”, las comunidades indígenas  de la Amazonía o de las alturas de los Andes, simplemente no se ven, como manchas en un mapa, como  islas invisibles.  Cuando el foco del estado pasa fugazmente por allí, es para mostrarlas como imagen compasiva  en campañas y programas sociales. Esta invisibilidad se ha señalado siempre como una enfermedad congénita del país heredada de la colonia, pero muchos confiaban y confía en que este periodo de bonanza era la gran oportunidad para que la ciudadanía alcanzase a todos.

Para mirar con equidad en los “rincones” de ese “Perú profundo” donde nunca llegó el Perú del boom inmobiliario y la cocina fusión, sin duda son muchos los peruanos  y las instituciones, como Global Humanitaria y sus aliados indígenas en la selva central, que trabajan con intensidad para que las políticas públicas pertinentes y las oportunidades se abran paso en  medio de los prejuicios y los tópicos y finalmente alcancen  el archipiélago de las islas invisibles.

Imagen: Joaquín Sancho