Un día en la vida de Basilea

Desde Perú, Gabriel Díaz, responsable de publicaciones de Global Humanitaria.

Seguramente Basilea, una campesina quechua que vive en una pequeña y aislada comunidad de Puno (sureste del Perú), nunca ha escuchado hablar de las cifras del macro crecimiento económico y el boom de la construcción que se observa en los centros urbanos peruanos. Ella se entera de lo que ocurre más allá de las montañas por intermedio de algún vecino, porque con suerte aparece una radio, o alguien se acuerda de su familia en campaña electoral.

El día para ella comienza a las 4 de la mañana. Tiene 3 hijos, que cría al tiempo que se encarga de preparar el fuego, cocinar y trabajar en el campo. Su marido no está porque según nos cuenta trabaja en la construcción, lejos de casa, y aparece de cuando en cuando (a juzgar por el gesto de Basilea, eso no ocurre con mucha frecuencia).

Nos muestra la cocina, una pequeña habitación hecha de adobe, suelo de tierra, techo de paja, sin ninguna ventilación. La acompañamos a recoger agua del pozo artesanal que se encuentra al otro lado de la ruta. Llegamos y nos encontramos con un pozo de agua a ras del suelo, rodeado de musgo, sin ningún tipo de cobertura. La falta de agua potable es una de las principales causas de los parásitos intestinales que atacan sobre todo a los niños de la zona.

Acostumbrada a mantener el equilibrio en los bordes impregnados de fango y musgo, Basilea recoge el agua con energía y la lleva hasta la cocina. Luego la hervirá con el fuego que encenderá con los excrementos secos de sus vacas: “porque es muy difícil conseguir madera por estos lugares”. ¿Y aquellos árboles?, le preguntamos señalando una hilera de árboles que a lo lejos tienen un gran parecido con los olivos. “Son de otro dueño”, dice en un castellano que habla con dificultad.

Basilea trabaja en una pequeña parcela de tierra que hay frente a su casa: cultiva papa, cebada, oca (un tipo de tubérculo), quinua, entre otros. Cuando hablamos de la tierra, al menos en Puno es muy difícil encontrar a campesinos que tengan certeza jurídica de la propiedad de las parcelas que trabajan o habitan; por lo general grandes terratenientes “ceden” una parte de sus terrenos a cambio de una cantidad de lo que ella obtengan.

Si echamos un vistazo a nuestro alrededor, vemos tierra cubierta por una capa de hierba seca, porque es invierno y a esta altura (casi 4000 metros sobre el nivel del mar) la helada es cruda. Basilea nos muestra sus gallinas, sus ovejas y vacas, perseguida siempre por sus perros y gatos. Le preguntamos si alguna vez algún representante del municipio local fue a conversar con ella: “Nadie, nunca”, responde.

Muchas mujeres como ella no fueron a la escuela o cursaron algunos pocos años de primaria. Uno de los grandes inconvenientes hasta el día de hoy es que los indígenas no pueden aprender en su lengua materna, el quechua o aymara, y se ven forzados a cambiar al castellano, idioma que durante años no hablaron ni en su casa ni con sus vecinos.

¿Y la atención sanitaria? Existe una posta de salud, relativamente cerca, lo cual en cierto modo es una ventaja, porque aquí todos se trasladan a pie. Sin embargo ni ella ni sus vecinos pueden pagar el ticket para visitar al médico. Por lo tanto, si uno de los pequeños coge una gripe, lo trata con hierbas medicinales y si se agrava, compra unas pastillas en la misma posta.

Apenas cae el sol, Basilea y sus hijos se recogen, marchan a dormir cubiertos por las mantas que ella misma confeccionó. Las muestra con una gran sonrisa; son hermosas, suaves y gruesas porque el frío no da tregua.

De acuerdo con un estudio del economista peruano Juan José Vera, la pobreza y pobreza extrema afecta en Puno a 3 de cada 4 personas del área rural. El analfabetismo se da sobre todo entre las mujeres; existe una escasa integración entre las culturas occidental y las originarias del lugar: aymara y quechua. No existe saneamiento y los servicios básicos de salud son dispersos e insuficientes.

Imagen: Juan Mercado/Global Humanitaria