La pérdida de la Biodiversidad y su relación con la llegada de enfermedades infecciosas.

¿Quién no ha echado de menos la naturaleza durante todo este tiempo de confinamiento? ¿Cuántas veces hemos pensado en poder volver a estar en la playa o en la montaña en estos días en los que no podíamos salir de casa? El contacto con la naturaleza nos da tranquilidad, mejora nuestra salud mental y aumenta nuestra vitalidad. Y es que, si hay una verdad absoluta, es la de que el ser humano necesita de su entorno natural para poder sobrevivir.

En muchas culturas, sobre todo en la región andina, se rinde homenaje a la Tierra a la que se considera una divinidad, la diosa de la fertilidad. La realidad es que todo lo que nos mantiene vivos procede de la Tierra, ya que somos parte intrínseca de ella al igual que otro inmenso número de especies.

Estas especies, para mantener el equilibrio del ecosistema, han de tener una relación equilibrada de interdependencia entre ellas y respetar su constante evolución, ya que no pueden sobrevivir por sí solas.

Según la RAE, un ecosistema es la comunidad de los seres vivos cuyos procesos vitales se relacionan entre sí y se desarrollan en función de los factores físicos de un mismo ambiente. Un ecosistema, cuando no está sano, no nos puede proteger contra los patógenos: esos microorganismos capaces de producir enfermedad o daño en la biología del huésped donde ha decidido hospedarse.

No obstante, si hay un asunto que ocupa gran parte de la política mundial y que es objeto de preocupación entre gran parte de la población es la progresiva destrucción del planeta. El pasado 22 de abril se celebraba el Día Internacional de la Tierra y las Naciones Unidas hacían una reflexión sobre cómo estaba sufriendo la naturaleza en los últimos años.

Señalan, que una de las causas de este sufrimiento es que el hombre ha decidido acaparar una parte tan grande de la biosfera que no deja opción a la capacidad de recuperación y regeneración de los ecosistemas. Así, la naturaleza se ha quedado sin recursos para poder protegernos. Y es que quizás, no hemos sido conscientes de que nuestra salud está directamente relacionada con la salud del planeta.

La Unesco afirma que vamos camino de la destrucción de un millón de especies. El problema es que el hombre, lejos de ayudar a que las especies evolucionen, las está destruyendo impactando en los espacios donde estas especies conviven provocando que pierdan su hábitat natural.

La agricultura intensiva o la deforestación del Amazonas son ejemplos de cómo hemos avanzado en la perdida de la biodiversidad provocando con ello la expansión de algunas enfermedades como la malaria, a través, por ejemplo, de la propagación de mosquitos que son este caso el vehículo de transmisión.

La industria agrícola es,  tal y como hemos mencionado, otra de las prácticas humanas que están acabando con la biodiversidad mediante su intento de desertificar los territorios ocasionando numerosos daños. Las semillas que eran patrimonio de la humanidad ahora pertenecen a multinacionales que se han hecho con el 67% del mercado mundial de acuerdo con un informe de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura).

Otro ejemplo de cómo el hombre está destruyendo la biodiversidad es la pesca incontrolada. La sobrepesca está provocando efectos devastadores en el ecosistema provocando la merma de un gran número de especies, que son a su vez, depredadoras de otras especies que albergan parásitos responsables de causar enfermedades como la esquistosomiasis, lo que favorece su dispersión.

Pero además de estas causas hay otra amenaza que, gracias a la llegada del Covid19, ha dejado de pasar inadvertida y es el tráfico ilegal de especies. Rinocerontes, elefantes, felinos, tiburones, incluso caballitos de mar. Según National Geographic, se trata de un tremendo crimen contra la naturaleza del que solamente muy pocos se enriquecen mientras cientos de seres vivos desaparecen.

Estos son solo unos pocos ejemplos de cómo nuestro comportamiento como seres humanos está provocando esta brutal desaparición de especies. En concreto, según un informe realizado por la ONU, hasta un millón de especies animales y vegetales están ahora en peligro de extinción, lo que supone un promedio del 25 % sobre el total.

La reducción de todas estas especies ha alterado profundamente los ecosistemas favoreciendo la propagación de virus, ya que, según señalan desde Ecologistas en Acción ,“Las especies que tienden a sobrevivir en estos casos suelen tener mayor predisposición a albergar y transmitir enfermedades infecciosas. Una mayor diversidad de especies implica un efecto de dilución, ya sea por el aumento de número de especies en la cadena de contagio o por el efecto cortafuegos natural que provoca una alta diversidad genética, entre otros factores”

Según un estudio realizado por el Centro de Enfermedades Infecciosas de la Universidad Edimburgo, el 60% de las enfermedades que nos afectan proceden de animales. Porcentaje que se eleva al 75% con las nuevas patologías descubiertas recientemente según la misma universidad.

Aunque el mundo científico sigue investigando el origen del virus, la OMS confirmó hace unos días que tiene su origen en una zoonosis vírica originada en murciélagos, frecuentemente receptores de este tipo de virus, y luego transmitida, a través de otros mamíferos al ser humano. Lo que todavía no se sabe es cuál fue el animal intermediario.

La Organización Mundial de la Salud también alerta sobre la relación existente entre la perdida de la biodiversidad y la salud de la humanidad, en particular, del cada vez mayor riesgo de transmisión de enfermedades zoonóticas producidas por la relación entre el ser humano y los animales a través de la exposición directa o indirecta a los animales, los productos derivados de estos o su entorno.

WWF nos recuerda que esta crisis está directamente relacionada con la destrucción del planeta. Es necesario replantearse la prevención y lucha de futuras pandemias, ya que, está comprobado que la alteración del equilibrio de los sistemas naturales aumenta notablemente el riesgo de aparición de enfermedades transmisibles al ser humano.