“Muchos niños y niñas no volverán a las clases, y quedarán desprotegidos”

Entrevistamos a Lorena Cobas, responsable de Emergencias de UNICEF España, que nos habla del reto que tenemos como sociedad para asegurar el derecho a la educación de millones de niños y niñas que se han visto privados de la escolarización por la crisis de la COVID-19.

Millones de estudiantes y jóvenes de todo el planeta están o han sido afectados por el cierre de escuelas y universidades debido a la pandemia de la COVID-19. ¿Cuáles son los efectos más inmediatos de esta situación?

Sabemos que la educación, además de su función directa de continuar con el aprendizaje y transmisión de conocimientos, también puede salvar vidas. Literalmente, porque mantiene a los niños a salvo de abusos, tráfico, reclutamientos por grupos armados, desnutrición… Además, da a los niños la oportunidad de tener un futuro mejor.

La escuela es un apoyo fundamental para mantener a los niños, niñas y adolescentes protegidos a través de la creación de oportunidades de aprendizaje, la oferta de nutrición o, cuando es necesario, asegurando que las familias más vulnerables tengan acceso a servicios más especializados. El sistema educativo es fundamental para comunicar mensajes críticos a las comunidades a la hora de contener la propagación del virus, reducir la morbilidad, la mortalidad y para prevenir nuevos repuntes de la enfermedad.

En el contexto actual causado por la COVID-19, la interrupción del derecho a la educación ha aumentado enormemente. Hablamos de la mayor interrupción del acceso a la educación a nivel mundial de los últimos siglos. Muchos niños y niñas no pueden asistir aún a las escuelas, y de estos, hay muchos que no tienen los recursos necesarios para continuar su educación a distancia. Las familias también se ven afectadas, puesto que afrontan situaciones de mayor estrés mientras las escuelas están cerradas.

Especial atención merecen aquellos países que ya vivían crisis anteriores por las que muchos niños y niñas ya estaban privados de su derecho a la educación. La actual pandemia viene a empeorar una situación educacional que ya era crítica antes de su aparición. La experiencia de anteriores crisis sanitarias con características muy parecidas a esta, como los brotes de Ébola, nos indica que, si no se actúa de manera contundente, un gran porcentaje de los niños y niñas no volverán a las clases, y quedarán desprotegidos.

La pandemia ha incrementado las desigualdades de la población en general y de acceso a la educación en particular. ¿Cómo podemos actuar contra esto?

Los motivos por los que los niños y niñas no pueden acceder a la educación remota pueden ser variados, desde la falta de conexión a Internet hasta el hecho de que sus familias no puedan dedicar el tiempo suficiente a acompañarlos en el proceso de aprendizaje. La pobreza está aumentando, y muchas familias tienen que aumentar el tiempo dedicado a ganarse el sustento.

Existen diferentes soluciones para mantener el proceso de aprendizaje durante este año, como continuar las lecciones a través de programas de radio, elaborar guías con recursos educativos para las familias, o el learning passport. Esta iniciativa sirve para que cada país adapte su currículum educativo y ofrezca a los niños y niñas que no pueden ir a la escuela físicamente una plataforma para continuar su aprendizaje. La plataforma está pensada para funcionar incluso en lugares con conexión intermitente, o incluso sin conexión a Internet.

Estas iniciativas nos están sirviendo en el momento más álgido de la pandemia, pero no son suficientes. Por eso es necesario que las estrategias educativas se repiensen, que aumente la inversión en educación para poder llegar a los lugares más remotos y a las familias más pobres y, sobre todo, que aprovechemos las herramientas que ya estamos utilizando para el futuro, por ejemplo, el learning passport podría mantenerse una vez que se dé la vuelta a las clases como un elemento de refuerzo.

Necesitamos invertir más en educación, una crisis de aprendizaje se puede convertir en una catástrofe de aprendizaje. Incluso antes de la COVID-19, más de la mitad de los niños y niñas menores de 10 años en países de bajos a medios recursos no podían entender una sencilla historia escrita. Nuestras inversiones en educación tienen que ser en el aumento del acceso y la mejora de la calidad.

¿Qué medidas deberían tomarse para evitar que muchos niños y niñas, sobre todo de zonas rurales empobrecidas, no vuelvan a las clases después de esta desconexión?

Todos los niños y niñas tienen derecho a acceder a una educación de calidad y adaptada a sus contextos, incluyendo comunidades locales y zonas de difícil acceso o empobrecidas. Para conseguir que puedan volver a la escuela, tenemos que eliminar las barreras que les están impidiendo seguir estudiando.

Estas pueden ser físicas, como las largas distancias que tienen que recorrer. Hay que invertir en opciones que acerquen las escuelas a los niños y niñas en las comunidades o zonas rurales. Pero no sólo las escuelas como edificios físicos, sino también profesores cualificados para garantizar un aprendizaje adecuado.

También hay barreras económicas. Incluso cuando la escuela pública pueda ser gratuita, muchas familias no pueden asumir los costes asociados a la educación (uniformes, materiales escolares, transporte escolar, comida durante el tiempo que está en la escuela). Es importante apoyar a las familias. Una iniciativa son los cash transfer, transferencias en efectivo para que la familia pueda cubrir estos gastos. Si las escuelas incluyen alimentación escolar, esto se convierte en un incentivo para la asistencia.

Y, por último, encontramos barreras sociales. Por ejemplo, cuando lo enseñado no se corresponde con la realidad local, se hace en otro idioma o existe la concepción social de que un grupo determinado no puede acceder a la educación. Por eso es importante promover la educación intercultural bilingüe en zonas indígenas, que incluya parte de los saberes de su comunidad, incluso promoviendo la participación de los sabios y personas más respetadas.

¿Hay alternativas a una escuela que cierra ante una emergencia sanitaria que puede durar años?

Este es un momento en el que tenemos la oportunidad y el deber de “reimaginar” el mundo en el que vivimos, incluyendo por supuesto a la educación. Y en este ejercicio hay que tener en cuenta que este nuevo contexto puede durar mucho tiempo, tenemos que pensar en alternativas innovadoras para llegar a todos los niños y niñas. En un mundo ideal, la educación presencial es la mejor opción puesto que aporta muchas más experiencias y habilidades para la vida a los niños y niñas, además de favorecer su recuperación psicosocial en los casos necesarios. Pero la realidad es que en el contexto de pandemia tenemos que mantener una visión flexible e innovadora.

Necesitamos mirar más allá de la COVID-19, y trabajar para construir unos sistemas educativos mucho más resilientes, que nos permitan responder de manera rápida y efectiva a esta y a otros tipos de crisis. Para ello hay que proteger y aumentar la financiación de la educación, invertir en una formación de profesores de alta calidad, que incluya los aprendizajes de los últimos meses y de crisis anteriores, y continuar apoyando al profesorado, que ha sido una herramienta valiosísima para mantener una conexión educativa con el alumnado durante esta crisis.

Todos los profesores y profesoras deberían adquirir habilidades digitales y pedagógicas para continuar enseñando de manera remota o en un sistema híbrido (online y presencial). Deben tener los conocimientos para dar las clases en entornos de conexión alta, baja, e incluso en entornos en los que la conexión es inexistente. Y los gobiernos deben garantizar la disponibilidad de la infraestructura digital y conectividad necesaria en todos los lugares, incluso las zonas rurales y remotas.

A pesar de que muchos países han logrado la educación universal o grandes mejoras, muchos alumnos no consiguen pasar de la primaria. ¿La pobreza sigue siendo el factor decisivo?

Los datos demuestran que la pobreza es uno de los elementos clave cuando los niños y niñas no acceden a la educación. Pero no solo en el acceso, sino en el proceso de aprendizaje. Los países con tasas más altas de abandono escolar o de niños y niñas fuera de la escuela son aquellos que afrontan otras crisis, donde los recursos de las familias son escasos. Las familias más pobres se enfrentan a diferentes barreras, que están muy ligadas a los recursos de los que disponen para poder enviar a sus hijos e hijas a las escuelas.

Por otro lado, incluso en los casos en los que los niños y niñas pueden seguir asistiendo a la escuela, la pobreza puede afectar a su proceso y rendimiento. Un niño o niña con desnutrición aguda no podrá mantener el mismo ritmo de aprendizaje que sus compañeros/as y no podrá mantener la atención. Cuando los niños o niñas tienen que asumir el papel de trabajar para llevar el sustento a sus familias no podrán estudiar, hacer los deberes y su rendimiento en el aula será menor también.

No es solo un problema de escolarización, ¿no? El idioma, la condición de migrante o desplazado, los géneros… se convierten en factores de exclusión a pesar de la protección a la infancia

La educación, para que sea de calidad, tiene que estar adaptada a las necesidades y contextos de la población. Esto es muy claro cuando hablamos de familias migrantes o refugiadas, cuando no hablan el idioma del país de destino. En estos casos, las familias se sienten desanimadas de mandar a los niños y niñas a la escuela, y cuando lo hacen, si no hay un acompañamiento adecuado, los niños y niñas no podrán seguir el ritmo de las clases en otro idioma, y con un currículum educativo diferente a la de sus lugares de origen.

Además, están las cuestiones legales. En muchas ocasiones la titulación que puedan recibir al acabar los ciclos educativos en el país de tránsito o de destino no tiene validez en el país de origen. Es necesario llegar a los acuerdos necesarios para la homologación de títulos. Normalmente entre poblaciones refugiadas y migrantes se mantiene el anhelo de volver cuando la situación mejore y si el título no está homologado no encuentran incentivos para enviar a los niños y niñas a la escuela.

También hay que destacar las dificultades específicas a las que se enfrentan las niñas. Cuando en una familia no hay recursos suficientes para que todos los hijos estudien, es probable que sean ellas las que se queden fuera de la escuela. Ellas son también quienes asumen labores del hogar como la recolección de agua, lo que hace que lleguen tarde o que no tengan tiempo para estudiar.

Es momento de repensar el futuro de la educación. Pero, ¿cómo se prevé este replanteamiento y hacia dónde debería enfocarse?

La educación es uno de los sectores actualmente menos financiados. A principios de este año, antes de la crisis del COVID-19, el sector de la educación en los países con Planes de Respuestas Humanitarias solo estaba financiado en un 4%. Esto significa que es un sector particularmente vulnerable a las perturbaciones económicas y tiene una capacidad limitada para reasignar o realinear los recursos financieros existentes. No dar prioridad a la educación en el Plan Mundial de Respuesta Humanitaria va a agudizar este problema.

Tener planes con recursos adecuados para apoyar el regreso a la escuela será esencial para proteger a la infancia y sus comunidades, ya que el regreso a la escuela requerirá la adaptación de las instalaciones, la comunicación de riesgos, la participación de la comunidad, un mayor apoyo a los maestros e iniciativas para recuperar el tiempo de aprendizaje perdido durante el periodo de confinamiento o cuarentena.

El acceso a la educación costará más en el futuro si no actuamos ahora. Hemos aprendido, por otras crisis de salud pública que, una vez la infancia pierde acceso a la educación, es menos probable que regresen ella cuando la situación haya cambiado. Este es también el caso de la infancia más vulnerable, que se enfrentará a situaciones de abuso como el trabajo infantil, el matrimonio infantil y otros riesgos de protección que ponen en peligro sus vidas.

¿Cómo cree que la cooperación al desarrollo puede ayudar a defender el derecho a la educación?

En primer lugar, la cooperación al desarrollo tiene que colocar a la educación como una de sus prioridades. No sólo porque es un derecho en sí mismo para los niños y niñas, sino también porque aporta muchos beneficios más allá del aprendizaje, como la protección frente abusos, violencia y malos tratos, o una mejor situación nutricional. Porque la educación salva vidas ahora y en el futuro.

Si la financiación de la educación ya era muy baja antes de la COVID-19, ahora los retos y desafíos son mucho mayores. Como dice Stefania Giannini, subdirectora general de Educación de la UNESCO, la pandemia profundizará esta falta de financiación de la educación en los países de ingresos bajos y medios. Si, en lugar de esperar, se toman ya las decisiones de inversión adecuadas, esta brecha podría reducirse significativamente.

Por último, la cooperación al desarrollo se tiene que centrar no sólo en el acceso a la educación, si no en eliminar las discriminaciones o diferencias en este acceso, y a que la educación que se ofrezca sea de calidad y adaptada a los entornos y contextos de cada país y comunidad.
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Si tú también quieres colaborar para que miles de niños y niñas en todo el mundo puedan acceder a su derecho a una educación de calidad, firma nuestra petición y pídele al Gobierno de España que dé prioridad en sus presupuestos de cooperación internacional a la inversión en educación.